
El Teniente General del Ejército de Tierra (2ª Reserva) y Vicepresidente del Foro de la Sociedad Civil,
Agustín Muñoz-Grandes Galilea, publica hoy lunes 1 de marzo u
na Tercera en ABC en que bajo el título “Inquietudes” analiza cómo una sucesión de hechos, “apoyados en disposiciones legales que parecen ignorar valores, sentimientos y arraigadas tradiciones, permiten interpretaciones sesgadas de la historia que reavivan pasiones ya enterradas”.
“El silencio al que nos empujan las virtudes de la lealtad, disciplina y obediencia, que siempre hemos cultivado los militares, no debe interpretarse como un signo de aceptación o sumisión”, escribe el autor que rompe su silencio “buscando en el recuerdo histórico contrastes significativos”. La primera comparación la hace entre el Decreto de 30 junio 1899 en que el Presidente de Filipinas Emilio Aguinaldo, destacando el comportamiento heroico de las fuerzas españolas que guarnecían de Baler, dispone “que no sean considerados como prisioneros, sino como amigos, y que se les faciliten los pases para poder regresar a España”. En contraste, el Pleno del Ayuntamiento de Toledo en decisión del 21 enero 2010 decide la supresión de nombres de algunas calles como la de General Moscardó o Antonio Ribera, el «Ángel del Alcázar» por “la ejemplar labor humanitaria que realizó, especialmente con las 500 mujeres y 50 niños refugiados en los sótanos de la Academia”.
La Bandera «Millán Astray», del 4º Tercio, constituye el núcleo del anunciado refuerzo a Afganistán. Creada en 1920, la Legión liberó Melilla en 1921 protagonizando el desembarco de Alhucemas y rendición de Abd-el-Krim en 1925. En 1936/39: Millán Astray, Jefe Fundador de la Legión, “tuerto y manco de sus heridas de guerra, es una figura simbólica, sin mando real de unidades”. Hoy por Decreto de 8 enero 1920, el Ayuntamiento de La Coruña, retira la estatua de su Hijo Predilecto Millán Astray.
Concluye el autor con una serie de reflexiones en torno a algunas disposiciones recientes. Así, es dudoso que la Ley de la Memoria Histórica vaya a servir para lograr sus objetivos. Más que nada parecería estar reabriendo viejas heridas ya cicatrizadas. También desearía el autor que la Ley de la Carrera Militar, las nuevas Reales Ordenanzas o la próxima Ley de Derechos y Deberes del Militar, “con el espinoso tema del asociacionismo” se sometiesen siempre a los consultivos Consejos Superiores de los Ejércitos, de cuya valía y lealtad es difícil dudar.