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Novilleros y pinches: ejemplos a seguir

Torero

Viendo por televisión un novillada de la feria de San Isidro nos encontramos con la mejor juventud posible. Todos los novilleros, sin excepción, incluidos los que toreaban y los que eran entrevistados –españoles, hispanoamericanos y franceses– ofrecían una pulcrísima imagen, moderna pero ajena por completo a esas modas ¡postmodernas! –piercing, tatuajes, estilo cantinflesco… – que se han adueñado del futbol y la música pop, por ejemplo. Pero, además de sus impecables aspectos físicos, todos ellos se expresaban con claridad, rigor y respeto por los compañeros. Los valores que subyacen en todas las declaraciones de los  novilleros están enraizados en el aprendizaje, el respeto a los maestros, el esfuerzo, el mérito, el trabajo bien hecho, el reconocimiento de los demás, la asunción de la propia responsabilidad, la mejora constante, el sobreponerse a las dificultades, etc.

Si echamos una mirada a nuestro alrededor, vemos pocos ejemplos de este tipo de ética antigua y seria, antaño asociada a las más diversas prácticas profesionales.

Tal vez la cocina sea otro de los últimos reductos donde se conservan y cultivan igualmente estas virtudes que tanto se echan de menos no sólo en la vida profesional, sino también en la vida pública y privada.

Los cocineros no sólo no ocultan su iniciación en escuelas y fogones, sino que se enorgullecen de haber sido pinches de este o aquel maestro y exponen sus aprendizajes como muestra de que la innovación no tiene que estar reñida con el conocimiento y la maestría de las artes tradicionales. Más bien lo contrario.

De manera que parece como si tuviésemos que volver la vista hacia el (humilde) mundo de los oficios para reencontrarnos con los valores que consideramos esenciales para el desarrollo de una sociedad moralmente sana.

Y todo esto resulta particularmente relevante cuando observamos el estado de los sistemas educativos y la situación de los maestros y de los profesores.

Novilleros, pinches y aprendices nos recuerdan que es posible una educación con valores, y un desarrollo profesional basado en el respeto al maestro, el esfuerzo y la creatividad.

Si necesitamos ejemplos de cómo se puede alcanzar el éxito por los caminos derechos y sin atajos, es en esos ámbitos donde los encontraremos.

Y no estaría de más que ésos fuesen precisamente los ejemplos que se propusiesen desde los medios de comunicación en lugar de los que se proponen y que a menudo pertenecen al mundo de los ni-nis.

Si los jóvenes españoles adoptasen para su periodo de formación personal y profesional el modelo novillero o pinche –tan bien establecidos en nuestra sociedad, por otra parte–, aprenderían a practicar unas virtudes cuya extensión es tan necesaria.

Y si ese espíritu del aprendiz se extendiese, otro gallo nos cantaría.

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