Entre los consensos de la Transición estaba el de volver a situar a España en el mundo, objetivo que nuestra diplomacia logró pese a la escasez de medios materiales y humanos de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores. A la integración en la OTAN y en la Unión Europea siguieron la entrada en el euro y en la nueva Estructura Militar de la OTAN, de suerte que para el año 2000 estos objetivos también estaban cumplidos, abriéndose desde entonces una etapa de metas más ambiciosas.
Sin embargo en los últimos cinco años se han desandado estos caminos, situando a España en una posición de debilidad, excentricidad e irrelevancia, minando su fiabilidad como socio. El trabajo examina nuestras relaciones con Iberoamérica y el acercamiento a sus movimientos populistas; con el Magreb y Oriente Medio; la cooperación al desarrollo y la relación con Naciones Unidas a quien contribuimos generosamente sin exigir contraprestaciones, así como la Alianza de Civilizaciones. Se estudian las relaciones de España con EEUU —incluido el peligroso antiamericanismo de consumo interno— y con la Unión Europea, terminando con la revisión del contencioso de Gibraltar.
España, potencia media y de recursos limitados, deberá centrar sus esfuerzos en Europa, América y el Magreb, abarcando otros ámbitos sólo en la medida en que se favorezcan intereses claros y se proyecten valores básicos de una sociedad como la española, que aún siendo muy plural, ha sabido transitar pacíficamente hacia la democracia.
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