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Sí se puede, y el deporte enseña cómo

Había perdido el Real Madrid el primer partido de su eliminatoria en la Copa de Europa de fútbol tras jugar peor que su contrincante, el PSG francés, un equipo de estrellas futbolísticas. En el partido de vuelta en el estadio Bernabéu, aunque los pronósticos eran claramente favorables al PSG, el Real Madrid comenzó jugando bastante bien pero sin resultado en el marcador. Mientras tanto, el PSG, que ya había desarrollado jugadas de peligro, marcó un gol por medio de Mbappé, el jugador más valioso del mundo.

En cualquier otro estadio y frente a cualquier otro equipo, la eliminatoria se habría dado por zanjada; no así frente al Real Madrid en su ámbito. Y ello no sólo lo sabía el público y los jugadores del Real Madrid; también los del PSG.

El Real Madrid terminó ganando el partido y la eliminatoria gracias a un hecho ejemplar: hacia al final del encuentro, el jugador más valioso del Real Madrid -por su arte futbolístico-, absolutamente disconforme con el resultado hasta entonces, tomó la decisión, por amor propio y responsabilidad, de correr a toda velocidad unos 40 metros –cual joven recién llegado con ganas de hacer méritos– para intentar algo absolutamente improbable: quitarle el balón al muy profesional portero del PSG que tenía todo el tiempo del mundo para evitarlo de muy diversas maneras. El caso es que su colosal esfuerzo, impropio de un jugador más artista que físico y de los de más edad, dio resultado y terminó marcando un gol. A partir de este extraordinario éxito, el jugador y ya todo su equipo dieron por hecho que eran capaces de ganar el partido y la eliminatoria; también los jugadores del PSG, moralmente vencidos por la hazaña de Benzema, y desde luego todo el público del estadio e incluso los millones de espectadores por TV.

Lo sucedido revela que no darse por vencido, afrontar las dificultades por grandes que sean, poner todo de tu parte y esforzarte por lograr tus metas, es un imperativo moral propio de la buena educación en valores, que puede conseguir éxitos cuyo mérito no puede ser más ejemplarizante.

Recientemente, Nadal realizó también en Australia una gesta deportiva de similares características y con ecos mediáticos –como los del Real Madrid- de alcance universal.

Vemos que es posible ganar, incluso al más alto nivel, a través del esfuerzo, la preparación, la disciplina, el talento y la paciencia, en lugar de soñar con obtener triunfos a partir de la chulería, la marrullería, la osadía y la puñalada trapera, tal y como es presentado el camino del éxito en tantos programas de televisión, tanta narrativa postmoderna y, desde luego, desde la escenificación actual de la política.

En la España de nuestros días, la educación ha decaído hasta extremos moralmente inconcebibles. No solo se relativizan las conductas de los jóvenes, sino que se promueve cualquier comportamiento lo más alejado posible de los valores anteriormente descritos, que, dentro de la óptica “progresista”, caracterizarían principalmente a los tontos de la película.

No siendo la persona esforzada, estudiosa, disciplinada y diligente miembro de alguna minoría sexual, intelectual, nacional o racial, quedaría fuera del panteón de los ejemplos a seguir y se situaría como sospechosamente cercano a patrones supremacistas o directamente fascistas (y, desde luego, insolidarios y engreídos).

Los jóvenes actuales tienen otros ejemplos estimulantes como el del actual presidente del Gobierno, paladín del atrevimiento a partir de méritos dudosos y currículo exiguo, aunque de indudable audacia sin límites, mucho más cercano al modelo de triunfador en concursos televisivos tipo Gran Hermano.

Los estudiantes de ahora y del futuro tienen que saber que es posible llegar a la cumbre siguiendo el modelo Nadal/Benzema, o el modelo Sánchez. Seguramente habrá muchos que prefieran el viejo modelo de la excelencia, por mucho que desde los gurús del pensamiento único sean invitados a la multiculturalidad, la polisexualidad, el hedonismo, el presentismo y el relativismo, pasaportes seguros a una inhabilidad permanente para enfrentarse a la vida social o laboral con garantías.

Mientras que la educación progresista forja personas inseguras de sí mismas y de todo lo que ha representado la civilización en la que nacieron sus padres y ellos mismos, Benzema/Nadal son la quintaesencia de la confianza en sus posibilidades en cualquier circunstancia, por inciertas que sean.

Mientras que la educación progresista impone su criterio basado en la superioridad cultural del igualitarismo tribal propio de los orígenes de las sociedades humanas, los ejemplos Nadal/Benzema nos indican con terca determinación la vigencia de los valores evolucionados y acrisolados por nuestra civilización cristiana occidental. En tanto que  el progresismo aboga por ciudadanos dependientes de la “solidaridad” interclasista, el deporte de élite nos recuerda que el único camino a seguir pasa por el esfuerzo y la determinación individual. Y no digamos en el ámbito empresarial más desarrollado.

Los citados ejemplos deportivos ilustran muy bien y se hermanan con los de la sociedad española que consiguió éxitos colectivos como: el enorme crecimiento de nuestra economía en la segunda mitad de siglo XX, la exitosa incorporación al Mercado Común europeo y la difícil –y casi imposible– integración en el sistema monetario del euro. En los tres casos, los pronósticos eran mas bien negativos y sin embargo, los resultados, muy positivos.

Más allá del futbol y el tenis, en los demás deportes España ha venido destacando en las últimas décadas hasta convertirse en una referencia mundial en casi todos los que tienen más repercusión mediática. Tras un tiempo, ahora prehistórico, caracterizado por ser unos habituales perdedores, España se ha acostumbrado a ganar con toda naturalidad, y no solo en base a deslumbrantes individualidades geniales, sino en el trabajo de muchos, la inversión en talento, la planificación a largo plazo y el reconocimiento de que en nuestro país se puede ganar cuando trabajamos bien y que los complejos de inferioridad y las leyendas negras no son otra cosa que fantasmas o, como hubiera dicho el camarada Mao, tigres de papel.

El espíritu indomable de Benzema/Nadal, unido a todo lo que colectivamente hemos conseguido en el deporte de élite en nuestro país, representa las virtudes que deberíamos inculcar a nuestros jóvenes para fortalecerlos y animarlos a ser más ambiciosos en la vida, sin que ello esté reñido con la humildad, la caballerosidad, el reconocimiento del otro.

Lo bueno de los ejemplos citados es que representan el éxito del trabajo, del individual y del colectivo que hay detrás, en un marco de competencia mundial y de exigencia máxima. Y lo hace con la suficiente humildad como para que se perciba que esto no es producto de una descarga fortuita de electrones, como sucede con algunos superhéroes, o de haber nacido de una relación con los dioses, como en tiempos de los héroes olímpicos, sino porque tenemos una red de detección temprana de talento, unos maestros dedicados, unas escuelas de élite y, en definitiva, unos individuos capaces de aprender, sacrificar muchas satisfacciones a corto plazo, esforzarse hasta dar lo mejor de sí mismos y salir finalmente a competir sin temores ni complejos de inferioridad.

Educar con el ejemplo es una máxima que atraviesa la historia de todas las sociedades humanas. Que Nadal/Benzema sean ejemplos vivos que no necesitan presentación a las nuevas generaciones tiene una fuerza comunicativa sin igual.

Siendo Nadal el español de la pareja glosada, no sería ninguna tontería ni excentricidad nombrarle ministro de Educación durante al menos una década. Los valores morales que encarna Nadal son la suma no solo de los mejores aspectos de la conducta humana, sino también los factores que determinan el progreso en cualquier rama de la vida profesional.

Y si no se le nombra ministro, por lo menos debería ser utilizado como “role model”, o ejemplo, en castellano, para todos los jóvenes de nuestro país, acostumbrados como están a otro tipo de ejemplos.