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Reflexiones para llevar una vida guiada por criterios morales

Un grupo de miembros del Foro de la Sociedad Civil integrados en un comité de trabajo para la regeneración ética y moral de España, preocupados por algunos fenómenos colectivos de nuestra sociedad, quieren dar a conocer sus reflexiones bajo el nombre de Epicteto, porque comparten con el estoico la necesidad del análisis racional frente a la meras opiniones y la defensa de la coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace.

Pero ¿quién fue Epicteto? No se conocen muchos datos sobre su vida, pero sí se sabe que nació en la ciudad griega de Hierápolis (actualmente Pamukkale, en Turquía) en el año 50 d.C. Llevado de niño a Roma como esclavo, sabemos que, siendo Epicteto todavía esclavo, estudió filosofía con el estoico Gayo Musonius Rufus, y que, después de su emancipación, se convirtió en maestro de filosofía en Roma. Expulsado de Roma junto a otros filósofos por el emperador Domiciano a comienzos de la última década del siglo I, abrió una escuela de filosofía en la ciudad griega de Nicópolis, donde murió en el año 138.

Epicteto no dejó ninguna obra escrita, pero sus enseñanzas fueron recogidas por su discípulo Arriano de Nicomedia (actualmente Izmit, en Turquía) en dos libros. El más extenso y detallado lleva el título de Disertaciones, y un resumen de éste fue publicado con el nombre de Manual (Enquiridion).

Los dos libros se ocupan de filosofía práctica, es decir, de reflexiones y razonamientos para poder llevar una vida guiada por criterios morales. La base de la doctrina de Epicteto es una estricta separación entre las cosas que dependen de él y aquellas otras que caen fuera de su poder, como escribe en el capítulo I del Manual. Recuerda ahí que lo que depende de nosotros es por naturaleza libre y no está sometido a ningún impedimento, mientras que lo que no depende de nosotros es algo débil y esclavo.

Directamente relacionada con esta diferenciación básica está la práctica de la “prohaíresis”, término que podemos traducir por “elección” o “decisión”, con el que Epicteto denomina la actividad del entendimiento que decide qué acción hacer en una situación concreta por considerarla buena y conveniente. Se trata, por tanto, de la actividad intelectual que examina críticamente las “impresiones” del entendimiento procedentes de la percepción del mundo o generadas por el propio espíritu humano, y que permite emitir juicios de valor sobre las cosas. En esto precisamente consiste para Epicteto el “arte de vivir la vida de uno” (Disertaciones I, 15), en tener listo un argumento racional como “un arma reluciente lista para ser usada” en cada situación (Disertaciones I, 27). De lo que se trata en el razonamiento es de “establecer lo verdadero, suprimir lo falso, dejar en suspenso lo incierto”, de aceptar “lo que se sigue de lo que tú hayas propuesto correctamente”, de “saber cómo una cosa se sigue de otras y que, algunas veces, una consecuencia lo es de una premisa y, otras veces, de muchas a la vez” (Disertaciones I, 7). El razonamiento, por tanto, va más allá del mero “parecer”, de la mera opinión. No basta lo que a uno le parezca para que sea así, por lo que existe la necesidad de hallar un canon o modelo, “al igual que descubrimos la balanza para tratar con pesos y la regla para tratar con cosas rectas y curvadas” (Disertaciones II, 11). Pero lo más significativo en el planteamiento de Epicteto es la necesidad de coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace. Por eso denuncia como hipócritas a aquellos filósofos que no actuaban de acuerdo con sus propias enseñanzas (Disertaciones II, 19).

Para terminar esta breve presentación de la figura de Epicteto, se puede recordar que, aunque no ha sido recibido en la historia de forma continua, tampoco ha sido olvidado. Gozó de reconocimiento en su propio siglo y fue alabado por el emperador Marco Aurelio (161-180) en sus Meditaciones. En el siglo XVI, después de no haber sido conocido en la Edad Media, fue editado su Manual en varias ocasiones. Tuvo especial influencia sobre el profesor flamenco Justus Lipsius (1547-1606), que mantuvo un estrecho contacto intelectual con pensadores españoles de la época. Francisco de Quevedo tradujo el Manual con el título Epicteto y Focílides en español con consonantes (1635). El filósofo y matemático Blaise Pascal (1623-1662) valoraba a Epicteto como representante de una escuela de racionalismo filosófico. Al final del siglo XIX, Friedrich Nietzsche contaba a Epicteto entre los grandes moralistas y lamentaba que su obra fuera poco leída. También la filósofa alemana Hanna Arendt le dedica a Epitecto unas páginas en La vida del espíritu. El pensar, la voluntad y el juicio en la filosofía y en la política (1971). En la novela del estadounidense Tom Wolfe Todo un hombre (1998), la doctrina de Epicteto desempeña un papel importante para uno de sus personajes centrales (capítulos 17, 29).

Bajo su nombre, y sin que se deduzca de ello una identificación completa ni, mucho menos, un seguidismo de la Estoa, iniciamos la andadura de poner en negro sobre blanco nuestras reflexiones acerca de lo que nos sucede y nos rodea.

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