Hace desgraciadamente ya muchos años descubrí en EEUU a los ‘predicadores’. Para mí, en la España de los años posteriores a nuestra Guerra Civil, un predicador era un cura o un fraile, en ocasiones hasta un obispo, que desde lo alto del púlpito (entonces se utilizaban los púlpitos en las iglesias) sermoneaba a los fieles explicando lo que a su entender decían los textos sagrados. De vez en cuando introducían otro tipo de comentarios, las más de las veces de carácter moral y, en algunas ocasiones, aunque escasas, políticos. El tono era normalmente mesurado y la forma generalmente correcta y respetuosa.