TRIBUNA DE LA SOCIEDAD CIVIL DE ESPAÑA

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Decencia

Hace ya muchos años, a finales de los 70 del siglo pasado, analizaba yo la situación laboral en España con quien por aquel entonces era presidente mundial de General Electric, Reginald Jones, persona extraordinariamente valorada como líder empresarial en EEUU y de magnifico trato y gran inteligencia. Al tratar de explicarle en qué consistía la negociación de un convenio tuve que hacer un aparte para referirme a los liberados sindicales, y recuerdo muy bien la observación de Reg:

– Ignacio, ¿lo que quieres decir es que no trabajan y les pagamos para que nos creen problemas?

Tuve que reconocer que algo parecido, sobre todo en algunos casos. He vuelto a recordar esta anécdota al contemplar la actitud de un líder nacionalista que está utilizando el dinero que le damos todos los españoles, incluidos los catalanes, para, en un juego absolutamente sucio y desde unas instituciones que existen justo para lo contrario, en un gran alarde de deslealtad, intentar provocar una secesión, a todas luces injustificada históricamente, utilizando sin el menor reparo el dinero que recibe con finalidades muy distintas y haciéndoles pagar a todos los catalanes con recortes sociales muy importantes su desvarío nacionalista. Además de los liberados sindicales ahora tenemos ya a los liberados nacionalistas, en una actitud que bien se puede calificar de indecente.

La institucionalización del “tú más” entre nuestros políticos es tan frecuente, tan ostensible y tan desvergonzada que resulta indecente.  La decencia, que según el diccionario de la RAE, en su tercera acepción, es “la dignidad en los actos o las palabras conforme al estado o calidad de las personas”, resulta una exigencia fundamental para que una sociedad pueda desarrollarse con un cierto equilibrio y el debido respeto entre sus miembros. El desprecio absoluto por la verdad -en este país mentir es gratis- y la relajación moral que supone pretender que los Tribunales se conviertan en árbitros de otra cosa distinta de la legalidad, manteniendo situaciones a todas luces indecentes desde un punto de vista moral porque no se ha llegado todavía a calificarlas de ilegales, es realmente algo extraordinariamente preocupante.

Al ciudadano se le engaña una y otra vez con palabras vacías, conceptos equívocos y actitudes que tratan de tranquilizarle, pero que, en el fondo, solo pretenden crear un lenguaje nuevo, ininteligible para muchos, para que la mayoría no se entere. Recuerda mucho la actitud de buena parte de nuestros políticos a la de los médicos que le dicen al paciente, en una jerga absolutamente ininteligible para éste, lo que tiene y éste no lo entiende, aunque ahora, gracias a Internet, este sistema está siendo abandonado poco a poco porque el paciente está mucho mejor informado que antes. No sería malo que tomaran buena nota nuestros políticos de esta circunstancia.

Resulta a este respecto esclarecedora la intervención del exMinistro Corcuera en una reunión del PSOE ante la atónita mirada de Chaves y Esteve. Su crítica demoledora del uso taumatúrgico de la palabra federal que pretende realizar el PSOE es, a mi juicio, un buen antídoto ante una verborrea política que nos aburre y nos irrita.

Todos los días en nuestros medios de comunicación tenemos ejemplos de esta falta de decencia, especialmente asentada entre nuestros líderes.  Nuestros sindicatos tienen “bote” como si fuesen un bar cualquiera, nuestros líderes empresariales dan lecciones de comportamiento y algunos acaban en la cárcel, y nuestra clase política no quiere encontrar el momento para iniciar su propia regeneración empezando por reducir su peso sobre una sociedad ahogada por su coste.

La decencia es fundamental en una sociedad porque permite mantener unos criterios y unas actitudes que no confunden, sino que aclaran, dando a los criterios éticos y morales un papel protagonista. Es muy peligroso para una sociedad llegar a un estado de insensibilidad como consecuencia de la reiteración de actitudes y criterios confusos  que hacen olvidar la distinción entre lo que es decente y lo que no lo es. Es verdad que hace tiempo un líder político dijo que a este país no le iba a conocer ni la madre que lo parió, y en algunos aspectos el cambio ha sido rotundamente favorable, pero, desgraciadamente, en lo que se refiere a la decencia no podemos decir lo mismo y habrá que hacer un esfuerzo muy importante para recuperarla.

Juan Ignacio Trillo López-Mancisidor

Doctor Ingeniero Industrial y Abogado

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