El Gobierno frente a la Política (Federico Ysart)

La situación requiere política grande, con mayúsculas. Precisamente su carencia es una de las fuentes de la desesperanza que mina el espíritu colectivo. Poco hay más desolador para el observador de la cosa pública que sufrir el intercambio de improperios, no de criterios, con que consumen su tiempo muchos responsables partidarios. La situación no amerita la torpe dialéctica que el común contempla con creciente asombro; polémicas más propias de tugurio de juegos de envite que de instituciones sufragadas entre todos para depurar soluciones y dirimir conflictos.

La sociedad española está sometida a demasiadas incertidumbres sin recibir a cambio los puntos de apoyo indispensables para cimentar algunas seguridades. Suele ocurrir en tiempos de crisis, y en ellos estamos. Incertidumbres sobre la propia subsistencia, personal y familiar, de muchos; demasiados como para no afectar al conjunto de la ciudadanía. Incertidumbres sobre la capacidad del sistema para dar cauce y abrir soluciones a las tensiones sociales, y a las meramente políticas también, que exacerban las penurias económicas. Incertidumbres en fin sobre la virtualidad misma del país que vivimos para seguir albergando un futuro común para todos.

Entre otras cosas, lo que nos pasa nace de un diagnóstico entre apresurado y superficial de la etiología de eso que llamamos la crisis. Lo que comenzó manifestándose como el contagio de una catástrofe financiera mal atendida, tiene raíces más profundas que las burbujas inmobiliarias y las alegrías bancarias. En nuestro caso las desgracias materiales encontraron terreno fértil en una crisis de valores larvada durante demasiado tiempo, hoy devenida en endémica. Desde que el país se dispuso a vivir por encima de sus posibles y sus gentes como nuevos ricos, arrinconó principios como la probidad y la honra personales, reclamó derechos antes de satisfacer obligaciones y, en fin, olvidó que la libertad consiste en ser esclavo de la Ley, como dijo Cicerón.

Aunque las dimensiones reales de la debacle no fueran descubiertas hasta meses después, la mayoría de los españoles llegó ahora hace un año al convencimiento de que si malo es caer, peor aún es no tratar de levantarse y cambió la gerencia de los asuntos  públicos. Desde entonces viven sometidos a una exigente disciplina y a sobresaltos que juzga inmerecidos. Saben que están en medio del túnel, suponen que marchan hacia delante, pero nadie les ha advertido hasta cuándo seguirán yendo a ciegas o cuántos nuevos obstáculos habrán de ir salvando.

¿Por qué hemos de seguir a ciegas? Demasiado peso carga ya sobre sus espaldas una ciudadanía cercada por el paro, que trata de sobrevivir en un escenario cuajado de escándalos, en el que se imponen quienes más chillan en la calle y que parece resquebrajarse cuando los cauces para el diálogo saltan por los aires ante estúpidas tentativas de ruptura, como la protagonizada recientemente por el presidente de la Generalitat catalana. Y, sobre todo, cuando el cuerpo social presiente que el sistema no va a ser capaz de enderezar la situación. Esto es lo más grave, la puesta en cuestión de la virtualidad de nuestro marco de convivencia, y de ella están haciendo bandera, por ejemplo, los portavoces parlamentarios comunistas.

Ante todo ello los administradores tienen que hacerse definitivamente políticos. Porque la cuestión va más allá de encontrar las fórmulas para salir del hoyo. Los esfuerzos impuestos para capear la crisis de la deuda, superar la recesión y que el empleo vuelva crecer sin necesidad de ser intervenidos por la UE, el BCE y el FMI no son suficientes. Es más, serán baldíos si el gobernante no consigue hacerse con la confianza de la mayoría y el respeto de todos; es decir, si no es capaz de ofrecer certidumbre y mostrar autoridad.

Esta crisis, en su origen mal atendida y hoy sistémica, ha erosionado el principio de autoridad, siempre delicado de mantener dentro de sus justos términos en las democracias parlamentarias. Donde nunca será problemático, porque no conoce límites, es en aquellos sistemas populistas en los que el dirigente explota la debilidad de un pueblo manipulado con ilusiones imposibles, y encelado en maniqueos sobre los que descargar frustraciones.

Hay situaciones opuestas, en las que el político guarda su intervención para casos extremos con el fin de que la sociedad llegue a sentir la responsabilidad de regenerar su propio tejido. Viví personalmente esta situación mientras colaboraba con Adolfo Suárez y Fernando Abril en aquellos primeros gobiernos de la Corona decididos a impulsar la autonomía de los incipientes agentes políticos y sociales. Eran otras las circunstancias, incluso más críticas que las actuales pues a la quiebra económica se unían la carencia de un sistema institucional y de una cultura decantada por el uso de reglas democráticas. Pero a cambio existía la ilusión colectiva de estar haciendo posible un país mejor. Hoy no la hay.

Aquel no era el mundo actual. Los afanes comunes se han trocado en deslealtades escandalosas y muchas esperanzas, en frustraciones. El silencio como respuesta ante desafíos, bravatas o provocaciones no es interpretado como señal de prudencia; hoy se juzga como falta de autoridad.

Y no es éste tiempo para abrir más incertidumbre. La sociedad precisa certezas, está esperando señales claras para recobrar confianza y sentir que marcha en buena dirección. Necesita ser dirigida para hacerse responsable de sus propios actos; no es aquí una paradoja lo de ser dirigidos y hacerse responsables, sino la fórmula para hacer pasar a los españoles desde la resignación pasiva, cuando no enojada, a la colaboración solidaria.

En una democracia y en una situación como la nuestra, dirigir comienza por exponer la realidad sin paliativos ni expectativas que el tiempo pueda arruinar. No cabe hablar de brotes verdes cuando no hay señales del final de la recesión y la bolsa de millones de parados continúe creciendo mientras los ajustes no hayan concluido. Ni tampoco de que el dinero llegará a personas y empresas tras el saneamiento del mundo financiero, cuando la realidad es que las necesidades del Estado seguirán drenando las disponibilidades líquidas de un país con el crédito exterior bajo sospecha.

Dirigir significa enfrentar las protestas por los recortes de las llamadas conquistas sociales con la evidencia de que la primera de todas ellas es el derecho al trabajo; un trabajo para todos. Y preguntar dónde dejaron la solidaridad quienes se parapetan tras una pancarta antes de compartir salario, empleo o vivienda con quienes pagan el coste más duro del ajuste a nuestras posibilidades. Y también abrir a todos la marcha para salir del túnel antes mejor que después; con generosidad, porque la mayoría parlamentaria otorga el gobierno, no patente de mando.

Se ha perdido tiempo pero nunca es demasiado tarde para conducir el proceso con la determinación que da la confianza en el éxito; es lo propio de una vieja nación que supo sobreponerse a muchas dificultades; incluso superar dudas existenciales. Todo sería más fácil si el gobernante contara con el concurso de sus opositores, pero sin él también lo puede conseguir. Para ello no basta una buena administración, ni tampoco vencer sin convencer. El arma para ganar el desafío se llama Política.

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