TRIBUNA DE LA SOCIEDAD CIVIL DE ESPAÑA

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¿Qué va a pasar?

Decir en estos momentos que el mundo está atravesando momentos críticos resulta una obviedad. Basta una mirada a la situación global para darnos cuenta de la extraordinaria inestabilidad que estamos atravesando. Europa presenta un panorama que genera una alta preocupación. El Brexit puede suponer el detonante que ponga en marcha la descomposición de una Europa que puede volver a verse sometida a múltiples enfrentamientos de todo tipo. El constante crecimiento de los populismos de derecha o de izquierda no nos deja olvidar la Europa de la II Guerra Mundial, dominada por regímenes populistas y totalitarios.

Si fijamos nuestra atención en el continente americano, la situación no es menos preocupante. Lo tradicionalmente más estable se tambalea, sujeto también a una presidencia populista, tremendamente inexperta en el manejo de los asuntos públicos y con un carácter nada tranquilizador. Eso ocurre en el norte del continente, pero, si seguimos hacia el sur, la visión se complica cada vez más. Casi no se encuentra un solo país donde se disfrute de estabilidad y hay algunos, como Venezuela y Cuba, donde la situación es extraordinariamente preocupante.

Si pasamos a considerar la situación en Asia, debemos fijar nuestra atención preferente en Corea del Norte, gobernada por una dinastía de fanáticos y por un militarismo opresor y aprovechado. China, Rusia y todo el sudeste asiático componen un variopinto conjunto de imprevisible evolución, pero aparentemente estables. Pakistán, Afganistán, todo el llamado Medio Oriente, el norte de África y el Sahel son, o pueden ser, países y zonas de una marcada inestabilidad.

Después de este somero e incompleto análisis de la situación mundial, que pone de manifiesto una inestabilidad como probablemente nunca se había producido antes, cabe preguntarse qué va a pasar.

No parece arriesgado afirmar que algo tiene que ocurrir, porque hay demasiados puntos de fricción y es más que posible que en algún momento coincidan varios chispazos que provoquen una situación incontrolable.

Desgraciadamente, España no ocupa en el concierto mundial una posición que le permita influir sustancialmente, pero lo que sí debiera hacer es, por lo menos, garantizar su estabilidad como país, su respeto por las normas democráticas y su decidida apuesta por un crecimiento económico que permita no sólo mejorar nuestro nivel de vida, sino asegurar el empleo de la mayor parte de nuestra población activa y permitirnos, en la medida de nuestras posibilidades, aumentar al máximo nuestra colaboración internacional al servicio del progreso y de la paz.

Una rápida ojeada a nuestra situación actual nos deja ver algo muy distinto. La corrupción, la ineficacia y la endogamia han convertido a nuestros grandes partidos políticos tradicionales en organizaciones en las que, al amparo de resolver unos problemas de financiación nunca resueltos de forma eficaz y transparente, unos cuantos sinvergüenzas cada vez más numerosos y osados han conseguido durante años, ante la culpable inoperancia de quienes debían vigilarlos, hacerse con espectaculares patrimonios. Esa situación, acompañada por una economía en crisis y por un desfase alarmante entre el desarrollo cultural y el extraordinario avance tecnológico, ha propiciado el nacimiento de un nuevo populismo de izquierda que no presagia nada bueno si los partidos tradicionales no reaccionan con suma rapidez, eficacia, contundencia y honradez.

Por si fuera poco, nos enfrentamos con un golpe de estado, envuelto en un pretendido ropaje democrático que busca, como sea, la secesión de una parte de España contra la voluntad de una inmensa mayoría de los españoles, entre los que hay que incluir a muchísimos catalanes.

Ante este panorama tanto nacional como internacional, la pregunta que cabe hacerse es otra vez qué va a pasar. Es evidente que nadie lo puede saber, pero lo que sí podemos saber es lo que debiéramos hacer.

A nivel nacional, mantener la estabilidad, acabar con decisión, diálogo si es posible, y contundencia si no lo es, un proceso astuto y tramposo que ya ha durado demasiado; refundar los partidos políticos tradicionales para que sirvan al país y no se sirvan de él; elegir a los mejores para gobernar y a los que entiendan que el mundo está cambiando pero que hay valores y principios que son esenciales para que una sociedad tienda cada día a ser mejor, y prescindir de los que, dominados por un ego indominable, siempre pondrán su yo por encima de todo.

¿Y a nivel internacional? Diálogo, entendimiento, comprensión, consenso y solidaridad, y, en todas las ocasiones, paciencia antes de romper la baraja. Vivimos una situación crítica y las dolorosísimas situaciones vividas el siglo pasado son la razón más importante para que las evitemos en el futuro por difícil que pueda parecer en algunos momentos. La lucha contra un fanatismo suicida y la batalla real contra una pobreza mundial que debiera avergonzarnos, abandonando de una vez las declaraciones grandilocuentes y vacías, tendrían que ser los grandes objetivos de un mundo que dice que quiere ser mejor. Parece que en muchos casos los oídos de los políticos están encerados y su dignidad perdida. Debemos buscar incesantemente líderes que sean capaces, en la mejor línea de lo ocurrido en el mundo occidental después de la II Guerra Mundial, pero sin guerra, de ganar la batalla del progreso en paz y acabar con la pobreza.

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