Túnez. La culpa no es sólo de Francia (Florentino Portero)

La revolución tunecina ha desatado un curioso, aunque no ejemplar, debate sobre cómo era posible que los gobiernos occidentales mantuvieran unas relaciones tan buenas con el gobierno de ben Alí, cuando éste había convertido Túnez en una finca particular. La mayoría de los comentarios van en la línea de criticar de forma genérica a nuestros gobernantes y culpar directamente a Francia por lo ocurrido. No es mi intención saltar al ruedo del debate en defensa de la diplomacia gala, pero me parece que se está dando una imagen de lo ocurrido que no responde a la realidad.
Francia ha sido la potencia colonial y ha mantenido, mantiene y mantendrá unas relaciones tan especiales como intensas con Túnez. Es sin duda responsable de sus actos, pero sólo de esos. Lo que hayan hecho Italia, España o Estados Unidos no es culpa del Quai d’Orsay, sino de los gobernantes de cada uno de esos países.

Del mismo modo resulta un tanto irreal que los medios de comunicación hayan entrado con tanta decisión en esta cruzada moral cuando durante décadas han estado callados, en el mejor de los casos, o apoyando políticas “pragmáticas” y “realistas”, en el peor de ellos. Túnez es sólo un ejemplo más de lo que ha venido ocurriendo con nuestra política hacia el Mundo Árabe y, desde luego, no el más escandaloso.

Es indignante, como apuntaban ayer desde el GEES en su columna diaria, que publicistas de izquierda se escandalicen por lo ocurrido, cuando llevan años denunciando el “fundamentalismo democrático” de los que venimos defendiendo el enfriamiento de las relaciones con las dictaduras y la promoción de la democracia como garantía de paz y estabilidad; cuando no han cejado de relativizar la bondad de la democracia liberal, como argumento para aceptar iniciativas políticas antidemocráticas; cuando niegan el carácter universal de determinados valores, como la libertad, en beneficio de las singularidades culturales; cuando, en fin, están dispuestos a apoyar a cualquiera que niegue la hegemonía de los valores democráticos. Comprendo que resulta duro, una vez más, estar del lado de los dictadores y enfrente de los jóvenes que aspiran a vivir con dignidad en su propio país, pero no se puede tener todo en esta vida.

La diplomacia francesa es, desde hace siglos, un respetable ejercicio intelectual a cargo de su elite política y administrativa. Uno puede estar o no de acuerdo con ella, pero no afirmar, salvo en momentos muy concretos, que sea estúpida. Este calificativo puede reservarse para la ensayada por nuestro actual presidente, porque carece del análisis y los fundamentos que cabría esperar de un país como España. La diplomacia francesa es amoral. Cuando hablamos de “realismo” en política internacional estamos haciendo referencia a una intervención determinada por la defensa de unos intereses nacionales, ajena a ligaduras morales. Uno de los padres fundadores de esa escuela fue el cardenal Richelieu y desde aquellos días la diplomacia francesa se ha mantenido fiel a esta línea de acción. Puesto que sus intereses nacionales no siempre son un ejemplo moral ¿qué sentido tendría exigir exquisiteces democráticas a la otra parte?

Se ha criticado duramente a Francia por haberse mantenido al lado de ben Alí hasta el último momento, cuando en realidad eso ha sido lo más sensato, casi me atrevería a decir que lo más ético, que ha hecho. La diplomacia gala tiene una presencia muy activa en el norte de África y es consciente, porque es muy profesional, de que sus movimientos en Túnez van a ser examinados con lupa por el resto de los gobiernos de la región ¿Qué pensarían los dirigentes marroquíes, senegaleses… si viesen a Sarkozy abandonando a un buen aliado? Un movimiento democrático ha logrado un cambio de gobierno en Túnez, pero está por ver que ello implique un cambio de régimen o que los tunecinos sean realmente demócratas. De entrada gobiernan los de siempre, aunque parece que han decidido cambiar el carné. Mis simpatías están con los demócratas y me gustaría que dispusieran de la inteligencia política y del apoyo internacional suficientes para cambiar en profundidad el régimen político y asentar en aquella tierra tan cargada de historia una auténtica democracia. Pero no quiero engañarme en el solitario e ignorar el poder de la oligarquía, la falta de madurez democrática de la sociedad o las oportunidades que se van a conceder a los islamistas, que dejarán las cárceles o los obligados exilios para gozar de todas las ventajas que la democracia va a poner a su disposición para tratar de imponer una nueva dictadura.

Desde hace años vengo criticando a la diplomacia francesa por su arraigada amoralidad, cuando no abierta inmoralidad, y por el daño que, desde mi modesta opinión, vienen haciendo a estos países. Sin embargo, no quiero quedarme de brazos cruzados ante ataques injustos provenientes de quienes, teniendo tantas o más responsabilidades en la protección de dictadores de toda especie o condición, se permiten el lujo de señalar a París como causa y origen de todo lo ocurrido. No es verdad. Francia no es la única responsable. La diplomacia gala actúa con inteligencia y coherencia en defensa de lo que ella considera legítimos intereses nacionales. No sé si son tan legítimos como ellos creen, pero no lo son menos que los de Italia, por poner un ejemplo auténticamente escandaloso, ni más inmorales que las posiciones de la izquierda europea, capaz de amparar desde el islamismo hasta el populismo latinoamericano.