TRIBUNA DE LA SOCIEDAD CIVIL DE ESPAÑA

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Baile de máscaras

Las celebraciones del carnaval en la antesala de la cuaresma se extienden por todo el país y, al parecer, desgraciadamente han llegado a afectar a las actitudes y conductas de nuestros políticos, en momentos en los que toda la nación requiere actitudes serias que permitan continuar una recuperación, a duras penas iniciada, y en un ambiente internacional muy poco tranquilizador que amenaza seriamente con otra profunda crisis económica.

Es evidente que hay que regenerar muy a fondo nuestra vida política, pero lo tienen que hacer los que saben, pueden y quieran hacerlo y no los desacreditados por actuaciones pasadas o los que como único mérito presentan su bisoñez aparentemente virginal y su radical extremismo suficientemente desacreditado por la historia.

Vemos con asombro cómo un líder de partido con una muy importante representación parlamentaria se permite visitar al Rey en mangas de camisa -¡para más inri en enero!-, se pone jersey para entrevistarse con otro líder -acaso presumía que allí iba a hacer más frío- y asiste vestido con un flamante smoking a la fiesta de nuestra Academia del Cine, remedo mendicante de los Oscars de Hollywood, en medio de un alarde de despilfarro y frivolidad protagonizado por aquellos que están “terriblemente” preocupados por el aumento del paro y de la desigualdad.

Para culminar el espectáculo, el líder de nuestra aparente socialdemocracia, candidato nada menos que a la Presidencia del Gobierno, se quita la corbata para asistir a la misma fiesta, con desprecio notable hacia el resto de los asistentes, acaso para demostrarnos en su soberbia que a él nadie le dice lo que tiene que hacer.

Sólo uno, el líder de Ciudadanos, mantiene una actitud coherente y respetuosa en todas las situaciones.

El travestismo gestual de algunos de nuestros líderes no es simplemente un modo de arrinconar los formalismos. Podría decirse que la pregunta de ‘¿A qué no sabes quién soy?’ del celebre carnaval de Colonia, se sustituye por ‘¿A qué no sabes qué pienso?’, porque cambian de ideas con mucha mayor rapidez de la que cambian de traje, de forma tal que la pretendida transparencia de sus planteamientos negociadores refleja fielmente la facilidad con la que adaptan sus propósitos y sus manifestaciones a las circunstancias -decir principios sería demasiado-, con el exclusivo objetivo de conseguir el poder que ambicionan.

La férrea disciplina de unas organizaciones políticas formadas en buena parte por personas dependientes de sus empleos, que además vislumbran mejoras extraordinarias si consiguen alcanzar el poder, hace imposible un diálogo basado en intereses que no sean los suyos, por muy trascendentes que sus decisiones puedan ser para España, que sale a duras penas de una tremenda crisis y que se enfrenta con una gravísima amenaza para su identidad nacional con motivo de la pretendida independencia de Cataluña.

En este baile de máscaras en el que se ha convertido la política en las últimas semanas, es preciso que los que en definitiva tengan que negociar se quiten las caretas, dejen de una vez de manipular y engañar, y se dediquen con transparencia, seriedad y patriotismo a resolver un problema que puede afectar dramáticamente a una gran mayoría de españoles, sin tratar de aprovechar el enorme descontento social generado por una crisis económica muy profunda y por una extraordinaria corrupción de políticos impresentables.

Es cierto que en la Transición del 78 no sólo hubo buena voluntad y cesiones por parte de todos, sino que también el fantasma del miedo a una involución, en aquellos momentos más que posible, y algunos lo sabemos porque lo vivimos, jugó un papel muy importante, pero no es menos cierto que los logros de casi 40 años de democracia debieran ser más que suficientes para forzar a nuestros líderes hacia el entendimiento, el cambio y el auténtico progreso, continuando y mejorando todo lo conseguido hasta hoy, que ha sido muchísimo, y haciendo callar a los que más protestan, que son probablemente los más beneficiados.

No se puede confundir votantes con militantes ni apropiarse de la pretendida intención de los primeros en interés de los segundos. No se puede entender que un pueblo maduro, con niveles de renta muy altos y con un nivel de estado de bienestar notabilísimo, se deje manejar por unos actores como los que están protagonizando este baile de máscaras que desgraciadamente tenemos que ver.

Si tanta afición tienen al baile, que se vayan a bailar a otra parte y dejen trabajar a aquellos para los que España es un objetivo común, principal y mejorable, que se merece todos los respetos y que es compartido por una inmensa mayoría de los españoles.

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