La dogmática paradigmática social-progresista que ha condicionado el desarrollo constitucional e impuesto los criterios éticos y cívicos de la sociedad española se dedujeron de un hito teórico consistente en dos afirmaciones fundacionales emitidas por un mismo autor. La primera aseguraba que “el día que nos vayamos de España no la va a conocer ni la madre que la parió”; la segunda sentenciaba que “Montesquieu ha muerto”. Sí, las dos célebres frases fueron pronunciadas por Alfonso Guerra González que en el socialismo español fue el gran prescriptor ideológico.
En función del primer aserto, el PSOE pretendió, y en muy buena medida logró, romper los equilibrios de la sociedad española que determinaban una incompatibilidad mayoritaria con la ruptura y el regreso a la confrontación. La reforma fue el espíritu que inspiró la transición pilotada en lo esencial por la Unión de Centro Democrático, un partido-recipiente en el que se alinearon de forma coyuntural socialdemócratas, democristianos, azules post franquistas, liberales y conservadores, pero con una formación a su derecha -Alianza Popular- que, al mando de Fraga, recogió a los más renuentes del tránsito del franquismo a la democracia. UCD, junto a méritos extraordinarios, cedió en la elaboración de la Constitución certezas por consenso. Los peores defectos actuales de la Carta Magna fueron sus mejores aciertos hace un cuarto de siglo, aunque han tenido corto recorrido.
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