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El ministro complaciente

En una muy reciente entrevista (del ultimo día el mes de agosto), un “bien manicurado” y bisoño ministro de Educación, Cultura y Deportes afronta el interrogatorio de un periodista que se fija más en las uñas que en las respuestas.

La entrevista es un prodigio de buenas maneras, de corrección política y de pensamiento inane. Todo se hará porque todo el mundo “e güeno”; las cosas no hay que sacarlas de quicio; que los contendidos comunes en los estudios de toda España sean sólo el 50% no es un problema; hay que dejar que las autonomías (y las ‘autonosuyas’) tengan su cachito, las pobres; la educación universitaria española es estupenda, el único problema es que los españoles no sabemos idiomas; la consejera catalana es un prodigio de lealtad institucional (“lo que haya habido antes no me concierne”, espeta el ministro sin pudor alguno); la culpa de la mediocridad de los graduados universitarios la tiene el bachillerato.

Y todo así.

Epicteto comprende perfectamente el marrón que se le ha endosado a este hombre, sin duda un profesional digno e inteligente, pero entiende menos que lo aceptara y, si lo aceptó, entiende aún peor el hecho de que asuma su función de pasar el tiempo y hacer faenas de aliño. Sobre todo porque entrevistas como la que mencionamos no sirven para dar imagen de centrado, sereno y dialogante. No hay que confundir tamañas virtudes, que siempre son alabables, con rozar el cinismo en algunas respuestas o acogerse al tan prestigiado principio de “aquí no pasa nada y, si pasa algo, ya se pasará”, tan caro a los caros asesores presidenciales.

No iba a tirarse al monte, dirán los partidarios de la prudencia. Y, efectivamente, no podemos pedirle eso a nadie (no es tampoco una solución efectiva), pero si uno no tiene nada que decir, lo mejor es seguir el castizo principio (al que Wittgenstein dio lustre y puso en la órbita de los dichos cultos) que reza que “en boca cerrada no entran moscas”.

Para rematar, y contestando a la pregunta de a qué colegio va su hija, el orgullo paterno salta por encima de la prudencia ministerial y dice que al Colegio Alemán porque allí enseñan a estudiar, enseñan disciplina y enseñan idiomas.

Pues ya está todo dicho, señor ministro. Qué pena tenemos los padres y abuelos que no podemos llevar a nuestros vástagos a tan prestigioso centro. Algunos, estúpidos de nosotros, creíamos que enseñar a estudiar, enseñar disciplina y enseñar idiomas (amén de muchísimas otras cosas que, por lo visto, no se le alcanzan al señor ministro) eran funciones de todos los centros educativos de este desgraciado país.

Se cuenta que, en los albores de la transición, se desplazó a un importante secretario de Estado por alguien, afín al partido en el gobierno, que pidió insistentemente el cargo. El relevo se produjo al comienzo del verano y, al llegar el otoño, el despropósito era tan evidente que el pedigüeño fue relevado. Su antecesor, hombre de carácter, inteligencia y prestigio, dijo con gracia que su sustituto había sido un “secretaire d’ État pour l’été”.

Ahora: ¿un “ministre pour l’automne”?