Las comparaciones son odiosas, pero… (Emilio Pérez Alamán)

El azar o el destino han hecho que los dos sucesos más sobresalientes del mes de Octubre de 2011 para los españoles se produjeran el mismo día, el jueves 20.

Ese día y siguientes coparon portadas de periódicos y primeros titulares audiovisuales dos noticias:

La imagen de los tres asesinos etarras encapuchados junto a su manifiesto, infumable para cualquier inteligencia normal no intoxicada o interesada en aceptar su contenido, fruto de una negociación entreguista hecha sin pensar ni en los ciudadanos a los que representan los negociadores ni en los intereses irrenunciables de la Nación.

La otra era la fotografía del cadáver de Gadafi ajusticiado por las hordas revolucionarias que ni se plantearon la posibilidad de juzgarlo para condenarle a muerte.

Casualmente los protagonistas de ambas noticias comenzaron su conducta criminal, en sus respectivos países y contra sus conciudadanos, hace prácticamente los mismos años, sin embargo el final de uno y el anuncio “interesado” del final de los otros ha sido manifiestamente diferente.

Por supuesto que las comparaciones son odiosas pero….

Creo que es justo pensar que una Comunidad Internacional en el siglo XXI tendría que exigir, de una forma contundente, responsabilidades por la forma como se ha liquidado al tirano libio, máxime después de todo el apoyo prestado a sus oponentes para derrocarlo.

Igualmente pienso que un verdadero Estado de Derecho no puede dar por segura la derrota de una banda asesina y felicitarse sin reservas en sus más altas instancias representativas con la intención de trasladar esa sensación al conjunto social.
El hecho es que tres representantes de los asesinos de 858 españoles, sin más razón de que lo eran, aparecen en una filmación encapuchados, puño en alto y manifestando el final definitivo de sus acciones armadas con frases similares a las empleadas en otras ocasiones en las que se rechazó su credibilidad y que casi inmediatamente (una hora después aproximadamente), los principales políticos se pronunciaran como si

siguieran un “argumentario” preparado de antemano y a lo mejor hasta consensuado.
Esta forma de medir los tiempos y las palabras incitan a pensar, sin necesidad de ser suspicaz, que interesaba dar por completa una noticia que adolecía del contenido imprescindible para que lo fuera. Lisa y llanamente, se ha pretendido confundir si no engañar a la opinión pública una vez más.

Volviendo a lo odioso de las comparaciones, no se pretende ni se insinúa que la derrota de ETA se escenifique de una forma intolerable para un Estado de Derecho pero lo deseable sería que, antes de que los dirigentes políticos hicieran replicar las campanas, se presentara la imagen de los responsables de tantas atrocidades a lo largo de medio siglo con la cara descubierta, con un letrero debajo especificando nombre y apellidos y en lugar de el puño en alto con los brazos al frente, las palmas en posición de pedir perdón y dispuestas para que se les coloquen los grilletes. Como sucede con cualquier delincuente que viéndose rodeado se entrega a las fuerzas de seguridad.

Además de la imagen, el texto solo debe incluir que en su detención no escucharán más que los derechos legales que a todo criminal le concede la Ley de un Estado de Derecho y que no tendrán más peticiones ni consignas que añadir salvo las contestaciones a las preguntas que les formulen las Autoridades Judiciales durante su procesamiento.

Una Nación Soberana como España no puede aceptar que una banda de asesinos, aún dando por bueno que nos va a dejar de matar, dé por zanjado “su conflicto” tal como lo ha hecho en la forma y en el fondo. Aceptarlo nos llevará en nuestra Historia muchos años más atrás de la fecha del primer vil asesinato de los terroristas de ETA.