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Juan Ignacio Trillo

El tren catalán

Últimamente, y con motivo de la creciente importancia del llamado problema catalán, se ha calificado la probable imposibilidad final de realizar la llamada consulta o referéndum sobre la independencia de Cataluña como un choque de trenes inevitable. La citada alegoría ferroviaria me permite hacer una interpretación bastante diferente y voy a tratar de hacerlo sin el menor ánimo de trivializar el problema y con la intención de desdramatizarlo, tratando de introducir en el mismo algo de sentido común, que parece que es lo que realmente falta.

Volviendo a la alegoría, el tren catalán es un tren controlado y lleno de catalanes, más bien lleno de residentes en Cataluña, porque de todos es conocido que los pasajeros que son catalanes de pedigrí son muchos menos. El maquinista de la potente locomotora es fácil imaginar quién es; está, a su vez, calentado por un fogonero que tampoco resulta difícil de identificar. Los citados maquinista y fogonero se animan cada vez más porque los pasajeros de los vagones de cabeza aplauden constantemente su deseo irrefrenable de aumentar la velocidad y les hacen llegar ese mensaje a través de cadenas humanas que forman desde los vagones hasta la propia locomotora.

Los ocupantes de los últimos vagones, sin embargo, ven con enorme preocupación el constante aumento de la velocidad del tren y cómo la misma puede hacer que éste termine su recorrido de muy mala manera. Al principio del viaje, cuando la velocidad todavía no era excesiva, se mantenían en silencio, pero, a medida que ésta aumenta, y ante el riesgo de un posible descarrilamiento, van cayendo en la cuenta de que algo tienen que hacer. El tren va solo por el momento y por una vía libre, y, a su paso por las 17 estaciones del recorrido, salvo en una, en todas las demás el público que espera contempla atónito su paso, preguntándose a dónde va y por qué con esa velocidad.

La preocupación de los pasajeros de los últimos vagones va en aumento y alguien propone:

– Debemos desengancharnos antes de que nos estrellemos.

La propuesta, que tiene pocos partidarios, se rechaza porque partir el tren en dos, a juicio de muchos de ellos, no es posible. ¿A dónde podría ir la parte que se quedara sin locomotora? Por el contrario, son muchos más los que proponen una marcha hacia los vagones de cabecera para tratar de convencer a sus ocupantes, y éstos al maquinista y al fogonero, de que seguir a esa velocidad es un auténtico suicidio colectivo porque va a acabar en un descarrilamiento que desgraciadamente va a afectar a todos.

Lo que hay que conseguir es que el tren sea capaz de moderar su velocidad poco a poco, y si para ello hay que cambiar al maquinista, no hacerle caso al fogonero y mejorar la calidad de los frenos, resulta imperioso hacerlo cuanto antes. Es obvio que este tren no va a chocar contra ningún otro, porque no hay ningún tren que vaya en dirección contraria y la vía está libre. Hay muchos que van en el mismo sentido pero que controlan su velocidad y ordenan sus horarios de forma que todos ellos puedan cumplir con los objetivos que tienen encomendados, mantener a sus ocupantes debidamente atendidos y darle fluidez y eficacia al sistema ferroviario.

Es evidente que la actitud de los pasajeros de los últimos vagones, demasiado tolerantes al principio pero cada vez más conscientes del riesgo que se corre y más activos, es la que debe moderar la velocidad del tren y cambiar al maquinista, porque él, la persona que lo nombró y el grupo que le ha apoyado son gente muy poco recomendable. Todo ello añadido a la conducta del fogonero, siempre deseoso de hacer de maquinista y a la actitud irreflexiva de los ocupantes de los primeros vagones, son la causa de que esta situación se haya agravado de la forma que lo ha hecho.

Los jefes de las estaciones por las que pasa el tren a gran velocidad, en contacto simultáneo vía telefónica, comentan cada vez más asustados que éste se va embalando y llegan a la conclusión de que, si no se para, tendrán que dejarlo entrar en una vía muerta en la que finalmente acabará descarrilando, si no se quiere que afecte a todo el sistema ferroviario.

Estamos obligados a desear y a esperar que el tren catalán se pare poco a poco y que no descarrile, porque, si lo hace, los grandes paganos van a ser en primer lugar los que van en la parte delantera, pero finalmente afectará a todos los pasajeros. Incluso cuando descarrile puede crear un problema muy importante, porque, debido a su gran velocidad, no ha sido posible apartarlo en una vía muerta y ha acabado haciéndolo en medio de la vía que todos los demás están obligados a utilizar.

En definitiva, esta alegoría lo que trata de poner de manifiesto es algo que hoy conviene tener muy presente: el problema es fundamentalmente un problema del tren, de los que lo conducen y de los que lo utilizan, no es un problema del sistema ferroviario y mucho menos de las estaciones y, aunque todos los jefes de éstas están dispuestos a ayudar al tren y a sus pasajeros para que puedan moderar su velocidad, son ellos precisamente los que tienen que hacerlo, máxime cuando el tren se ha embalado conducido y estimulado por un grupo que no se merece el más mínimo respeto.