TRIBUNA DE LA SOCIEDAD CIVIL DE ESPAÑA

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Tiro desviado (por poco, pero desviado)

Hace unos días, un ilustre historiador escribía un estupendo artículo en la página de Opinión del diario El País. Glosaba, con pluma certera, el paralelismo terrible de dos protagonistas nefandos de la primera mitad del siglo XX: Hitler y Stalin. Y lo glosaba con hechos y datos incontrovertibles, aun pasando, como sobre ascuas, por encima de algunos detalles curiosos, como que la espoleta que desencadenó la II Guerra Mundial –la invasión de Polonia por los alemanes– en realidad fuera una invasión conjunta y coordinada de alemanes y soviéticos.

Esta última no despertó la mas mínima reacción en las llamadas “potencias democráticas”, que supieron casi inmediatamente –y tardaron décadas en reconocerlo– que quien fusilo a prácticamente toda la clase intelectual polaca –no sólo eran militares, sino también oficiales de la reserva que tenían en su mayoría titulaciones universitarias– fue precisamente el padrecito Stalin y no el Führer provindencial.

Los soviéticos dijeron eso tan clásico y tan infantil de “yo no he sido, ha sido Pepito”, y los aliados, con Churchill a la cabeza, miraron para otra parte y reafirmaron la opinión de que Pepito era el malo sin remedio (que lo era).

Pero a estas alturas –dirá alguien– pelillos a la mar, nosotros no somos polacos y eso es cosa del pasado. El problema comienza cuando el autor de nuestro estupendo artículo lanza una primera andanada en el frontispicio mismo de su trabajo: Hitler y Stalin estaban locos. Unos locos asesinos, pero locos al fin y al cabo.

Y éste es el primer error.

No cabe duda de que las personalidades de ambos miserables tenía peculiaridades especiales, peculiaridades que, cueste o no trabajo admitir, se encuentran distribuidas de manera difusa por la población general: ambos eran inteligentes (decir otra cosa es estúpido), ambos eran ambiciosos, ambos eran fanáticos de ellos mismos, y ambos eran crueles hasta decir basta. También eran desconfiados y recelosos.

En gente como ésa, en la que no se ha desarrollado el más mínimo rastro de una alteridad que permita establecer las bases mismas de la empatía, del sentir que los otros son alguien como tú y como yo, la desconfianza y el recelo son casi una consecuencia obligada.

Pero nada de eso les hace locos en absoluto. Y no es una mera cuestión académica: si algo caracteriza a un loco es la enajenación de su voluntad en el acto mismo de la locura. No hay locos voluntariamente locos: es una insalvable contradicción. Y esta contradicción nos lleva a dos conclusiones que, evidentemente, el autor del artículo no pretende en absoluto: si Hitler y Stalin estaban locos, no son responsables de lo que hicieron.

Vean ustedes que Epicteto no reclama buenistamente que se preserve la buena imagen de los pobres locos. Muchos ya estamos cansados de esa cruzada de la lucha contra el estigma, boicoteada sistemáticamente, aunque sea con buenas intenciones. No es eso. Lo que no admitimos es que tras la locura se oculte y se ampare lo que no sea más que la maldad pura y simple.

Y una observación final que no está de más señalar: no son las personas, sino los sistemas, los que propician que haya Hitler, Stalin, Pol-Pot, Mao, Karadzic y tantísimos otros pululando por el mundo y por la historia. El autor del trabajo que glosamos también lo advierte. Completen ustedes la lista a gusto de cada cual, pero que les quede claro que es una lista espantosamente homogénea, se ponga a quien se ponga. Incluyan, si les place, protagonistas menores y mayores.

Pero que les quede claro que todos ellos tuvieron su oportunidad de hacer daño porque les ampararon un sistema y una ideología que permitían, siquiera fuese embrionariamente, que tales desmanes fuesen posibles.

No es una reflexión baladí en estos tiempos y en estos lugares. Y hay que destacarla por mucho que no sea políticamente correcto decirlo. No hay que tener miedo a dejar claro que los epígonos de los dos monstruos (que no locos) citados siguen entre nosotros. Unos están suficientemente desprestigiados, pero no desaparecidos; los otros parecen levantar cabeza bajo los mas insólitos disfraces.

Y, encima, les votamos.

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