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El ruido y la furia

España se aproxima a grandes pasos a la definición de país convulso. La ciudadanía asiste a una situación insólita tras décadas en las que la sociedad española parecía definitivamente instalada en el sosiego que supone la plácida rutina de una vida con límites marcados y devenir tranquilo. Tras la convulsión (brevísima y bien abortada) del 23-F todo parecía serenarse, y los únicos avatares que irrumpían en el horizonte afectaban sólo a la superficie de las cosas, a las contiendas cotidianas y a los detalles más o menos relevantes.

En el fondo, los cimientos del sistema parecían ser fuertes, o al menos la gente los percibía así. La izquierda y la derecha se peleaban, y se turnaban, en un contexto en el que la disputa por el poder no amenazaba nunca tirar al niño al agua, más o menos sucia, del baño.

No es lo que vemos y sentimos ahora en los finales de un año complejo, de una legislatura incierta y de un reinado que comienza.

La prensa nos trae, día a día y golpe a golpe, la marejada incesante de chanchullos, corruptelas y corrupciones, inoperancias, deslealtades, ineptitudes y traiciones en un carrusel que se acelera por momentos en el marco de una gigantesca e incomprensible impunidad.

Y en este panorama irrumpe algo que nadie sabe bien qué es pero que no deja indiferente a nadie, a tenor de las encuestas que se prodigan cada vez más en los medios.

Por eso viene a cuento que reproduzcamos aquí un artículo aparecido el 21 de noviembre de 2014 en el diario El Nacional de Venezuela y firmado por Álvaro Requena. Requena es un médico psiquiatra que hizo la carrera en España a finales de los sesenta y se especializó en el Reino Unido, trasladándose después a su país, donde ha tenido una larga y fecunda trayectoria profesional. Ahora, en la relativa paz de su retiro familiar, junto a sus hijos y nietos, es un acerado y perspicaz observador de la vida venezolana y de lo que ha supuesto para su rico y desdichado país la irrupción de los mentores de nuestros revolucionarios ilustrados. Esos que ya son calificados en los medios de comunicación como“los profesores universitarios” para pasmo de muchos de los que sí lo son.

Leamos con detalle lo que es, o debiera ser, a la vez y para nosotros, premonición y admonición. Leámoslo en el delicioso español criollo en el que Requena se expresa y que es el que entiende la gente de la calle en Venezuela, ésa que esperaba prosperidad y ha encontrado miseria.

 

Zancudos con botas

Por Álvaro G. Requena

Afortunadamente no ha llovido mucho estos días, pero siguen los pocitos de agua en los jardines y algunas aceras, huecos en las calles, llantas viejas o latas y algunas matas como las bromelias, que son suficiente amenaza de cría de mosquitos como para ameritar una constante desinfestación por el medio que sea y por quien sea. Los municipios lo hacen a veces con humo químico o rociando pesticidas. El Ministerio de la Salud también lo ha hecho a veces. Los ciudadanos, conscientes de los peligros de las epidemias que en estos momentos nos aquejan, solíamos poner nuestro granito de arena: manteniendo los lugares sin aguas empozadas, retirando escombros, usando las plaquitas, quemando espirales, quemando hojarasca, usando aceites repelentes en las personas, conectando los aparatos exterminadores de mosquitos y sobre todo con los sprays de repelentes y de insecticidas.

Así fue hasta hace unas pocas semanas. Todavía teníamos algo de material en mi casa, que decidimos usar sólo para proteger a las nietas. Desde entonces, no hemos encontrado insecticidas mata zancudos y tampoco los repelentes químicos. Aumentaron a nuestro alrededor los casos de enfermos de virosis, probablemente transmitidas por mosquitos y tampoco pudimos aliviar mucho sus malestares pues, aparte de agua potable abundante, no conseguimos el acetaminofén que baja la fiebre y alivia dolores y malestares.

Lo que nos toca ahora es sembrar plantas de esas que espantan los insectos voladores, que, según parece, hay muchas –cada región del país tiene sus preferidas, casi todas de la familia de los crisantemos– o quemar hojas de eucaliptus en braseros caseros –peligrosa práctica, no recomendada.

Las personas con más riesgo de ser inoculadas por los mosquitos tendrán que frotarse en el cuerpo y cara las flores repelentes, olerán muy bien y estarán bastante protegidas ya que las piretrinas, que es la sustancia química responsable de que huyan los zancudos, no es tan venenosa para los humanos.

Si no tienen esas flores a mano tendrán que llevar mosquiteros que caigan del ala del sombrero, usar cuello cerrado, manga larga, pantalones, medias, etc. Cómo hizo Deborah Kerr en “Las minas del Rey Salomón”, película del año 1950. Con el calor que hace y así de envueltos, sudaremos más, se ensuciará más la ropa y cogerá mal olor. Obviamente, no es lo único que tendremos que hacer tal y como se hacía en 1950. Para muestra baste recordar que la harina precocida de maíz aparece en 1960 y hoy casi no se encuentra. También es bueno refrescar la memoria sobre el acetaminofén que, aunque se conoce desde finales del siglo XIX, fue puesto a la venta en1956 y hoy tampoco hay.

Vamos para atrás, tampoco hay jabón para lavar, excepto por el fiel jabón azul. Pero los zancudos se pusieron las botas, ¿No les parece?

¿A donde nos lleva todo esto, cual es la meta del planificador, en que consiste la estrategia? Hasta las plagas de Egipto tuvieron su función constructiva en medio del desastre… ¿Y aquí, qué?

Finalmente, qué triste tener que contarles a quienes nos sucederán en la sociedad, que somos las generaciones que retrocedimos más de medio siglo. Que lo que considerábamos un avance, resultó un espejismo, una alucinación, un delirio de comodidad y beneficios prácticos que el destino, fatal a veces, los revirtió. ¡Qué desgracia, y apenas comienza!

 

Como antes decíamos: Leamos y pensemos. Hay mucho en juego.