España se aproxima a grandes pasos a la definición de país convulso. La ciudadanía asiste a una situación insólita tras décadas en las que la sociedad española parecía definitivamente instalada en el sosiego que supone la plácida rutina de una vida con límites marcados y devenir tranquilo. Tras la convulsión (brevísima y bien abortada) del 23-F todo parecía serenarse, y los únicos avatares que irrumpían en el horizonte afectaban sólo a la superficie de las cosas, a las contiendas cotidianas y a los detalles más o menos relevantes.