TRIBUNA DE LA SOCIEDAD CIVIL DE ESPAÑA

Actualidad

Enseñanzas de una nacionalización anunciada I (Gaspar Ariño)

El 29 de junio de 1999 –es decir, hace 13 años- Financial Times publicaba un artículo con el título: “La vuelta del Conquistador”. En él se afirmaba que los españoles estaban invadiendo por segunda vez Latinoamérica en busca de sus tesoros empresariales. El último en caer –decían- ha sido YPF. El texto viene acompañado de una ilustración en la cual un jefe indígena colombiano, traidor a su pueblo, ofrece a Núñez de Balboa, en el siglo XVI, el oro de las Indias. Los autores estimaban que por debajo de las apelaciones de los españoles a nuestra lengua y herencia cultural común, que según ellos es retórica, lo que hay es una brutal colonización hecha por unos arrogantes invasores, que expulsan de los puestos directivos a los nacionales y los tratan como si fueran campesinos. Las últimas adquisiciones, de ENDESA (Enersis y Endesa-Chile) y de REPSOL (YPF, la joya de la Corona argentina) eran citadas como testimonios de esa conducta altanera de los nuevos conquistadores.


Los autores de aquel artículo (Mark Mulligan y Ken Warm, que no parecían haber nacido en medina del Campo o en Tordesillas) no conocían mucho la historia de los descubrimientos, ni la de la “España peregrina”, en los siglos XIX y XX, que emigró a América en busca de fortuna; llegaron como trabajadores jóvenes y después –ellos y sus hijos- han integrado las profesiones, la industria y el comercio; son países en los que uno se encuentra continuamente con hijos, nietos y biznietos de antiguos emigrantes españoles entre los cuales está, por cierto, la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, nieta de un gallego de Lugo. Ignoraban también los autores de aquel artículo las continuas relaciones, muchas veces familiares entre España e Iberoamérica, la corriente de vida y de ideas, de arte y cultura, de lengua y sentimientos comunes ha sido y sigue siendo una realidad. En fin, ignoraban casi todo o, lo que es peor, decían que todo eso “es retórica”, sin entender la profunda realidad que hay debajo de esa comunidad de naciones que llamamos Iberoamérica.
Yo escribí por entonces en este diario un artículo que titulé “La Nueva Hispanidad”. En él se afirmaba que en los últimos veinte años, los españoles que han ido a América no han sido aventureros, ni gañanes de campo, ni especuladores, sino gentes preparadas, a veces los mejores, ingenieros, economistas, empresarios, que no se llevan hoy el oro de las Indias, sino que han llevado a América inmensas cantidades de dinero, de ahorro que levantan por el mundo entero (parte de él en España), con el que se materializan inversiones muy importantes en estos países. Los nuevos emigrantes aportan tecnología, know-how y gestión empresarial. Están allí, no para comprar y vender materias primas –no para especular, como ingleses y holandeses han hecho tantas veces por el mundo– sino para quedarse. Invierten en redes y servicios, en infraestructuras no fácilmente removibles (son inversiones hundidas) y trabajan en sectores que son la base del desarrollo sostenido de estos países y aumentan día a día el bienestar de sus gentes.
Pero esa tesis de “la vuelta de los conquistadores” hizo su camino. Después de aquel artículo, dos periodistas argentinos (Daniel Cechini y Jorge Zicolillo) publicaron, casi con el mismo título, un libro incendiario (“Los nuevos conquistadores. El papel del Gobierno y las empresas españolas en el expolio de Argentina”). En él, mezclando datos con falsedades, con aparente seriedad académica y documental, mantenían la tesis de que “los hijos de la madre patria” seguían aprovechándose de los recursos y las riquezas de las antiguas colonias, se estaban quedando con “las joyas de su corona”. Según dichos autores, “Argentina cayó en la bancarrota, entre otras razones, a causa del saqueo de la riqueza nacional”. No es necesario extenderse en la lista de acusaciones. Pero sí decir que el libro era agresivo, reivindicativo, una llamada a la completa revisión de lo realizado.
No fue la única publicación de este tenor. Por entonces (año 2000) apareció también el volumen colectivo “Privatizaciones argentinas e impacto en los sectores populares” en el que se recogían las ponencias y conclusiones de un Seminario celebrado en la Universidad de Belgrano (una de las más prestigiosas de Argentina) en mayo del año anterior. Esta obra era un testimonio bastante representativo del estado de opinión –opinión ilustrada en este caso- sobre las privatizaciones. La tesis que se exponen en él eran las siguientes: 1) Las privatizaciones fueron un medio de intentar detener la caótica situación económica en que vivía el país en 1989. Esto era cierto. 2) Faltaron principios claros, transparencia y objetividad (con su corolario de abundantes casos de arbitrariedad y corrupción). Esto también era cierto. 3) Se incurrió en una infravaloración de los activos enajenados. Esto no era cierto. Se trataba, en muchos casos, de empresas en ruina, salvo YPF, que se compró mucho más tarde y tenía gran valor. 4) No existía una regulación adecuada, sino reguladores débiles, lo cual se tradujo en que los monopolios privados reemplazaron a los monopolios públicos.
El estudio reconocía también, claro es, los efectos muy positivos de las privatizaciones como eran: 1) que las empresas habían pasado de requerir subvenciones del presupuesto federal argentino a ser financiadoras del mismo, gracias a los impuestos satisfechos; y 2) ostensibles mejoras en la calidad del servicio prestado; para quien hubiera visitado la Argentina el año 1989 y volviese en 1995, esto era evidente, aunque es cierto que en ese año y los siguientes Argentina entró en un proceso de degradación que culminó en el estallido de 2001, por causas que nada tienen que ver con las privatizaciones.
A estos libros y escritos siguieron muchos otros, de los que no puedo dar aquí noticia, algunos con vitola de estudio serio y objetivo, en los que se concluía que quien más habían ganado en el proceso privatizador habían sido, con diferencia, los adquirentes de las empresas privatizadas. En ellos se trataba de explicar también, especialmente en la Argentina, los vicios ocultos del proceso, es decir, la corrupción que había acompañado a estas operaciones. Junto a ello, se denunciaba el capitalismo salvaje e inmisericorde que había presidido el funcionamiento posterior de las empresas, en connivencia con un regulador “capturado” por éstas y una oligarquía local (la “patria contratista”) que se apunta a todos los negocios bajo la protección de políticos corruptos. Por supuesto, estas críticas eran parciales y sectarias, pero estaban formuladas en algunos casos con método y apariencia de rigor y veracidad. Y sobre todo, sonaban bien en una crisis como la que atravesó la Argentina en 2001.
Cuando los Kirchner llegaron al poder, éste fue el ambiente que se contraron, generado en el entorno de algunas Universidades como la UBA, la Universidad Nacional de Quilmes, la Facultad Latinoamericana de Ciencias sociales (FLACSO) y algunos núcleos de la Universidad de Cuyo, en Mendoza. Con ello, la bomba de relojería se había puesto en marcha y era cuestión de tiempo, sin que le prestaran demasiada atención quienes debían haberlo hecho. La bomba ha explotado en estos días.

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