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La buena educación

A nadie se le oculta que hay temas que comportan un plus de peligrosidad. El que se atreve a tocarlos ha de contar, primero, con el riesgo de que se le malentienda y, segundo, con la recepción asegurada de una o varias andanadas procedentes de izquierda y derecha. Hablando, claro está, en el estricto sentido espacial de los términos.

Pero EPICTETO es fundamentalmente osado y no quiere o no puede dejar de lado un tema que puede parecer menor en los momentos actuales de grandes canalladas. Quizá porque las grandes canalladas se generan al socaire de las pequeñas (y no tan pequeñas) miserias más cotidianas.

Hace más o menos un par de meses la prensa se hacia eco de la sorprendente acusación que recibió, por parte de una señora diputada, el recién estrenado ministro de Sanidad. Le llamó en sede parlamentaria nada menos que “verdugo de mujeres”. El tema suscitó algunos sensatos comentarios (y un largo rosario de intervenciones menos sensatas en los foros públicos). Raúl del Pozo, en El Mundo, denunció que las sesiones de control parlamentario se mueven “entre la exageración, la demagogia, la arrogancia y la fanfarronada”. Días después, y en El País, Jordi Soler escribía un ponderado artículo en el que, a propósito de los buenos usos británicos en materia de cortesía y con referencias explicitas al independentismo catalán, concluía explicando cómo el dogmatismo acarrea, más o menos inevitablemente, la chabacanería y la arbitrariedad política. Pero, como pasa siempre, a los pocos días el tema pareció alejarse, abandonar la esfera de lo importante y perderse de vista. Y ahí quedó todo.

Pero ¡vana ilusión! Es evidente que la desmesura y el disparate, trágicamente banalizados, no son un rayo en cielo sereno, sino una continua y desagradable borrasca. Hace unas semanas, en Calatayud, un político local difundía la imagen del presidente del Gobierno en un ataúd con la lengua fuera y un pie de foto que rezaba: “¿Y si mañana nos despertamos con este hermoso regalo de Reyes?”. Ante el estupor y el escándalo, la reacción ha sido tan rápida como consabida. El autor del “simpático” hecho se ha justificado en tres frentes: a) Yo no he sido el autor, sólo lo reenvié; b) Reconozco que es de mal gusto (¡¡¿¿??!!); c) Espero que se acepten mis disculpas.

Y pelillos a la mar.

En su descargo hay que decir que también añadía algo insólito en estas lides: reconocía que “la crítica política no puede llegar a un nivel tan denigrante”. Menos mal que alguien lo dice, aunque sea después de haberlo hecho.

No acaba aquí la cosa y, tras lo dicho, en estos días se suman la periodista catalana que dice que el presidente del Gobierno es comparable a los yihadistas del Charlie Hebdo, el vídeo de un descerebrado televisivo que hace bromitas con ETA y el PP y un sinfín de despropósitos, a propósito, precisamente, de los atentados de París.

En la ya no corta trayectoria de nuestra democracia y desde los albores de la transición, hubo políticos que hicieron de la ironía, el sarcasmo y la invectiva más o menos elegante su modus operandi. No puede negarse que animaban el cotarro. En muchas ocasiones, sus fans entusiasmados le pedían “dales mas caña” en mítines que asemejaban a veces el Club de la Comedia televisivo. Sindicalistas ilustres (de los cuales alguno está ahora dimitido por meter la mano en la caja) se distinguieron por su facilidad para el insulto y el lenguaje grosero, con mucha menos gracia y ninguna ironía. El lenguaje de las izquierdas parece que se legitimaba si abandonaba los “prejuicios burgueses” del trato amable o simplemente correcto. Pero también las derechas se aficionaron pronto a semejantes estilos, y hay por ahí perlas inigualables que podríamos recordar, en las que la chulería y la mala educación brillan por su presencia (incluido un sonoro “Que se jodan”). Y qué decir de los nacionalismos abruptos, en los cuales hubo momentos en que los que la descalificación descarnada no se podía fácilmente distinguir de la brutal y despiadada amenaza.

En definitiva, el desplante, la desmesura, la exageración no necesariamente hiperbólica o la agresión verbal sin paliativos, se han enseñoreado en buena parte de la vida publica de estos últimos cuarenta años (que son los que llevamos viviendo en democracia).

Alguien podrá pensar que tampoco es para tanto y que los juegos de palabras no matan a nadie. Es cierto. Pero también lo es que las palabras preparan y dirigen los ánimos de los que acaban agrediendo y, en ocasiones no tan raras como estamos viendo, matando. Las palabras y las formas no son cosa de delicadas doncellas decimonónicas ni de atildados caballeretes victorianos. Son cosa de corrección ciudadana y de respeto a los demás y a la verdad. Y si se menciona la sacrosanta (porque lo es) libertad de expresión para armar la escandalera diciendo que toda crítica a la forma es una invitación a la autocensura, estamos ya errando el tiro. Reconozcamos que es cansino tener que salir al paso de semejantes simplificaciones interesadas. Es cansino, pero se va haciendo necesario.

En 1965, el régimen de Franco expulsó a perpetuidad de sus cátedras a tres ilustres profesores de muy distintas procedencias y aunados por su oposición efectiva a la dictadura (Tierno era un republicano neto, Aranguren procedía de las filas falangistas y García Calvo tenía en sí su propio origen ideológico). El catedrático de Estética en la Universidad de Barcelona, Valverde, se unió voluntariamente a los expulsados con una frase que se repite, citándolo. Dijo: “Nulla aesthetica sine ethica”, y añadió: “Ergo apaga y vámonos.

Quizá hoy convendría dar la vuelta a la frase (ya se ha hecho en muchas ocasiones) y recordar que es igualmente recomendable y exacto proclamar que “nulla ethica sine aesthetica”. Aunque la estética se reduzca, simplemente, a embridar la tendencia a la frase efectista pero falsa y mantener las formas de eso que antes se llamaba “buena crianza”. Porque la solución no es, como antaño, “apagar e irnos”, sino decir, clara y cortésmente, que hay cosas que no son de recibo.

¿El último consuelo ante las tropelías verbales? Que califican perfectamente a quien las hace.