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Mentirolandia

Hace años un buen amigo mío proponía, ante un grupo de regocijados contertulios, que las dos luces, verde y ámbar, que lucían al frente del estrado de los oradores en nuestro parlamento nacional (no sé si ahora habría que suprimir o cambiar el adjetivo) fueran sustituidas por una sola y de color rojo, que accionada por un detector de mentiras conectado al orador, se encendiera escandalosamente cada vez que éste mintiera en su parlamento. Creo sin temor a equivocarme que si fuera posible convertir en realidad tal propuesta, habría que hacer un acopio extraordinario de bombillas ya que la afición de nuestros políticos a mentir y la total irresponsabilidad y frecuencia con que lo hacen, probablemente mantendrían tanto tiempo encendida la bombilla que ésta se fundirían con alarmante frecuencia.

Muchas veces me he preguntado cual es el origen del creciente fracaso de nuestra clase política y del distanciamiento cada vez mayor entre políticos y ciudadanos de a pié y siempre he llegado a la misma conclusión: su falta de respeto hacia la verdad o dicho de otra forma más contundente, su enfermiza afición a mentir.

Mentir no es sólo decir algo que no es cierto, que eso es lo que hace el mentiroso digamos de segunda división. Los de primera división dicen una verdad a medias (ocultando una parte) con la intención de que quien les oye interprete lo que ellos quieren aunque esa interpretación tenga muy poco que ver con la realidad pero será en todo caso la que más les conviene o la que menos daño les hace.

En el Colegio en el que hace ya muchos años tuve la fortuna de educarme, (entonces en los colegios y en los institutos los profesores educaban a los alumnos y ahora son los alumnos y los padres los que tratan de educar a los profesores), en el frontispicio de la puerta de entrada figuraba una sentencia evangélica que a muchos de nosotros nos ha servido como principio orientador de nuestras vidas familiares y profesionales: “La verdad os hará libres”.

No cabe duda de que el culto por la verdad en el mundo latino tiene mucha menos relevancia que la que tiene en el mundo anglosajón donde un Presidente tiene que dimitir porque miente y otro tiene que pedir perdón públicamente. ¿Cuántas veces, por ejemplo, habrían tenido que dimitir nuestros Presidentes por no decir la verdad?. O por no cumplir sus promesas que sin duda fueron una forma más de engañar en un determinado momento para sacar ventaja de la credibilidad de sus oyentes. La falta de respeto a la verdad y su manipulación se ha extendido de tal forma que sin duda está en peligro la libertad, que es el bien más preciado de nuestra civilización.

Hace falta que nuestros políticos entiendan que no se trata de manipular al ciudadano tratándole como a un ser inferior al que pueden engañar constantemente para tratar de conseguir el poder o en otros casos el poder y el dinero. Que inicien con urgencia una catarsis que devuelva el culto y el respeto a la verdad al lugar que merecen nuestros ciudadanos. No es posible que constantemente nos encontremos con interpretaciones diametralmente opuestas de los mismos hechos que se presentan intencionadamente de una u otra forma, deformando la verdad hasta límites increíbles en beneficio de quien los comenta.

Los medios de comunicación tienen la obligación de informar verazmente también en los titulares, que todos sabemos que es lo que leen la mayoría de los españoles. Nuestros tribunales y nuestros legisladores deben procurar la búsqueda de la verdad huyendo de formalismos inútiles que lejos de servirles para hacer justicia con mayúsculas sirven en ocasiones para cometer tremendas injusticias y si no que se lo pregunten a tantas y tantas víctimas de la crueldad sin límites de los terroristas.

Hay que acabar con las tertulias manipuladas hábilmente para hacer creer a oyentes y televidentes que la verdad está en poder de los que más o más fuerte hablan como si la verdad fuera algo que depende de la opinión de la mayoría. Hay que retornar a la simplificación y transparencia desterrando del lenguaje de los políticos esos circunloquios con los que tratan de ocultar la verdad amparándose en generalidades sin contestar a las preguntas que molestan y huyendo de entrevistas sobre temas conflictivos o con encuestadores independientes e incisivos.

Estoy convencido de que un retorno a la verdad en todos los ordenes pero sobre todo entre nuestros políticos instaurando un lenguaje inteligible, claro y responsable, que no solo serviría para que les entendiéramos sino también para que se entendieran entre ellos, resulta absolutamente imprescindible y muy en particular en estos momentos. No se puede mantener una política que consiste sustancialmente en acusar al contrario de que miente porque todos mienten, única verdad de esta singular situación que nos está haciendo un daño enorme.