TRIBUNA DE LA SOCIEDAD CIVIL DE ESPAÑA

Actualidad

Proporcionalidad y contundencia

La situación que está viviendo España como consecuencia de la actitud del Parlamento de Cataluña y del Gobierno en funciones de la Generalitat, y la génesis y la evolución de la misma a lo largo de los últimos años, y muy especialmente a partir de las genialidades “nacionalistas” de un expresidente, recomiendan sin duda al Gobierno de la nación y a las instituciones una actuación que ponga freno de una vez por todas a este gran despropósito que está apuntando ya muy graves consecuencias para nuestro futuro.

A lo largo de todas las manifestaciones del Gobierno y de algunas instituciones que se han producido durante los últimos años, se ha podido constatar el rechazo constante a utilizar la palabra contundencia, sustituyéndola permanentemente por dos expresiones, “prudencia y proporcionalidad”, como si la primera, la contundencia, fuera algo contraproducente que solamente habría que utilizar en circunstancias que más valdría ni siquiera nombrar, porque, de hacerlo, se estaría favoreciendo el victimismo de quienes falsamente una y otra vez pretenden considerarse avasallados por una nación y un Estado del que pretenden separarse.

La cuestión no es baladí, porque de la adecuada respuesta a las provocaciones depende en muchos casos la subsiguiente evolución de las situaciones que esas provocaciones pretenden crear.

Nadie discute la conveniencia de que la proporcionalidad sea uno de los criterios que se sigan para contestar a las provocaciones. Nadie en su sano juicio pretende, como se dice vulgarmente, matar moscas a cañonazos, pero tampoco se puede responder a los cañonazos con un matamoscas.

Proporcional es, según dice el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), “poner en actitud o disposición las cosas a fin de conseguir lo que se desea”, y si la respuesta debe de ser proporcionada al reto, ¿por qué no ha de ser contundente?

El mismo DRAE define como contundente “algo que produce gran impresión en el ánimo convenciéndolo”, es decir, se trata de un argumento, de una actitud o de una prueba o razón que, por su importancia y demás características, debiera terminar convenciendo a quien provoca de que debe renunciar a su provocación.

¿Se ha conseguido hasta el momento que el provocador desista de su intento a lo largo de las múltiples manifestaciones que se han hecho a lo largo de todos estos años? Es evidente que no; muy al contrario, el provocador se ha sentido cada vez más fuerte, llevando su provocación a extremos que no hace mucho podían parecer absolutamente inalcanzables.

Los diferentes Gobiernos de la nación, en ninguna de sus frecuentes manifestaciones, han utilizado la palabra contundencia cuando, por el contrario, prudencia y proporcionalidad han aparecido reiteradamente una y otra vez cuando se hablaba de la aplicación de las leyes, que, por otra parte, desgraciadamente en muchas ocasiones no se han aplicado.

La consecuencia ha sido que la Generalidad no sólo no ha desistido, sino que, envalentonada, cada vez con más fuerza y en pleno delirio nacionalista, está llegando a extremos que puedan requerir una contundencia mucho más terminante y espectacular de lo que habría sido preciso aplicar de haberlo hecho antes.

¿Es más prudente el que no actúa con contundencia al principio de un conflicto que el que lo hace y evita que el mismo continúe creciendo? Convendría hacerse esta pregunta cuando, aunque tarde, todavía estamos a tiempo.

La prudencia y la proporcionalidad en la aplicación de la ley no están en absoluto reñidas con la contundencia, como desgraciadamente se nos quiere hacer ver, en muchos casos con una estrategia cuando menos equivocada, sino claramente engañosa.

La contundencia es conveniente para una aplicación prudente y proporcionada, porque lo que se pretende con ella es justamente esa gran impresión en el ánimo a la que se refiere el DRAE, que convenza a quien provoca para que ponga fin a su provocación.

No debemos llorar por la leche derramada. No es el momento. Pero sí es el momento de decir que prudencia y proporcionalidad exigen también una contundencia que las leyes definen con toda claridad y que no aplicarlas como corresponde nos puede llevar, desgraciadamente, a situaciones límites que todos queremos evitar.

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